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Por Francisco Mayoral
La tragedia de los olvidados
Los grandes dolores no son lacrimosos. Cuando uno está aniquilado, no llora: sangra.
F. GERFAUT
“Pero qué sucederá cuando ya no abran los informativos con esas calles destrozadas, con los cadáveres apilados, perros husmeando en los escombros y la basura como foco de epidemias”
Y de pronto se hizo la luz. Para ello, sólo bastó que el destino fijara su diabólica sentencia y apretara el interruptor de uno de los paisajes más desoladores del planeta y comunicara a los espectadores su existencia.
Fuimos conscientes que en aquel lugar remoto del conocimiento, pero a escasas millas de la opulencia, las gentes se desangraban por menos de un par de dólares de renta al día. Colonizadores disolutos, dictadores corruptos, campos esquilmados por la miseria, se convertían de pronto en protagonistas porque la tierra decidió quebrarse, abrir en canal sus miserias y exponerlas al sol de todos los medios de comunicación del mundo.
Organismos mundiales, con grandes siglas de responsabilidad, se arman de palabrería y demuestran su rácana e incompetente burocracia. El colonizador que fue, brama ahora por su cuota de protagonismo feroz, en la misma proporción que instantes antes de la catástrofe había condenado a ese pueblo al limbo de los olvidados.
No se trata ahora de otorgarse medallas, sino de repartir en orden una botella de agua; enterrar a los muertos que puedan enumerarse en una estadística; intentar que los niños no sean catálogo de mafias sin escrúpulos; establecer un Estado y un Gobierno donde poder programar un mínimo orden y cordura; erradicar el pillaje, los asesinatos impunes, la locura que brota de la desesperación y la muerte inexplicables.
Como siempre, sólo voluntarios con arrestos, organizaciones y colectivos humanitarios en permanente estado de vigilia y la bonhomía de los ciudadanos incrédulos ante tanto horror, se convierten en generosos donantes dispuestos a paliar en lo posible el hambre y la angustia.
Todo es muy reciente, y aún, las imágenes de dolor captarán el interés de los Medios de Comunicación y sangrarán las conciencias del mundo. Pero qué sucederá cuando ya no abran los informativos con esas calles destrozadas, con los cadáveres apilados, perros husmeando en los escombros y la basura como foco de epidemias. No quede nadie a quien hacerle una entrevista en exclusiva para que nos cuente cómo vivió el pánico, qué sintió cuando miró alrededor y ya no encontró a sus hijos, a sus padres, amigos ni la precaria casa donde vivía.
Quién se acuerda ahora de aquel tsunami que arrasó la costa de Indonesia en 2006, o de tantos otros terremotos que nos despertaron de pronto
del letargo del bienestar. De tantas hambrunas en un Tercer mundo cada vez más grande que el
Primero; de los millones de niños que mueren por la malaria, tan fácil de erradicar por sólo unos pocos dólares pero que no interesa a ninguna farmacéutica ni Gobierno Mundial que trabaje de forma tan
eficaz como se hizo para esa sospechosa y rentable Gripe A.
Comentan con pesar unos médicos españoles, cooperantes en Haití, que lo malo vendrá ahora. Que miles de personas quedarán mutiladas, tullidas para siempre, condenadas a vagar por las calles, mendigos sin porvenir. Que hará falta una escrupulosa organización de los recursos; un Gobierno que administre la escasez. Un verdadero plan internacional que plantee no una reconstrucción de lo que existía, sino una verdadera construcción de una ciudad consciente del riesgo de su subsuelo, de una falla asesina que les acecha de forma permanente. Hay riesgo de repetición de otros terremotos, de otros ciclones.
Cada día los ingenios de la ciencia nos hacen la vida más cómoda. No se detienen los avances tecnológicos ni nuestra capacidad de asombro queda saciada. Ingentes cantidades de dinero se invierten en microchips, 3D, megagigas, ordenadores táctiles finos como el papel de fumar, discos ópticos, naves que acortan las distancias y asaltan otros planetas. Pero la cruel realidad es que millones y millones de seres humanos viven con los restos de los desechos que genera ese minoritario mundo desarrollado. Que con la cuarta parte de lo invertido, por ejemplo, en esa alarmante Gripe A, se hubieran vacunado millones de niños; abierto pozos artesanos, construido escuelas, centros médicos para curar lo imprescindible. Que con una pequeña parte del lucrativo y obsceno por consentido, comercio de armas, enfermedades insignificantes dejarían de ser mortales.
De vez en cuando, la diosa Gaia, personificación de la Tierra en la mitología griega, nos recuerda la interconexión del mundo y la importancia de vivir en armonía tanto entre los seres humanos que la pueblan, como entre los recursos que generan. El problema es que su furia, inevitable, castigue siempre a los más indefensos.
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