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Por Francisco Mayoral   

Esos locos bajitos

La persona más lenta, que no pierde de vista el fin, va siempre más veloz que la que vaga sin perseguir un punto fijo.

G. E. LESSING   

Recuerdo mi colegio con nostalgia. En la zona de Tetuán, cerca de la Ventilla. Un caserón austero con una sólida estufa de hierro a la que alimentábamos con astillas y algo de carbón, un mapa de España, la gran pizarra y dos fotografías, una del gran preboste de la época y otra creo recordar de la Inmaculada Concepción.

El único aula estaba repleta de pupitres, con una tapa que se abría hacia arriba y un agujero para el tintero. La mesa del profesor se elevaba sobre una tarima, lo cual le daba a don Dionisio un aura de poder y sabiduría. Una puerta pequeña daba a un escueto patio en el que, a su vez, se encontraba el mísero retrete donde nos aliviábamos los alumnos. Todos los cursos intercambiábamos misterio y conocimientos, pues lo mismo el maestro nos preguntaba sobre las hazañas de don Pelayo, que nos sacaba a la pizarra para copiar un dictado.

Un momento glorioso era cuando los diez o quince chavales (de chicas ni hablar) nos poníamos frente al profesor y, con la mano extendida nosotros, y la palmeta de madera en la mano él, nos preguntaba los afluentes del Duero. Obvio resultaría explicar las consecuencias de cada fallo. Y qué decir cuando por alguna razón nos quedábamos solos o algún compañero despistaba a propósito a don Dionisio, nos acercábamos a la estufa encendida y metíamos algún petardo. Inolvidable la juerga y las diferentes modalidades de castigo que nos imponía la víctima: de cara a la pared, expulsado a casa, sin recreo, algún coscorrón o copiar en un par de planas del cuaderno un centenar de veces el motivo de la condena.

Los recreos sí que eran memorables. Se imponía el fútbol. Dos jerseys a modo de porterías y las alineaciones de los equipos decididas “a pies”. El partido diario se celebraba en la calle, una polvareda de pelotazos a todo ser humano que se acercara, y el peligro latente de los cristales de las ventanas vecinas. Así, como a mala leche, siempre coincidía una señora ya mayor que en el momento de más entusiasmo, salía de su casa y se paraba en mitad del estadio a quitarse las pelotillas de la rebeca. Aunque con mucha rabia contenida, todos nos parábamos respetuosos e incluso aguantábamos impertérritos algún reproche de la anciana.

Como no podía ser de otra manera, cerca de allí había un colegio de chicas. Así que muchos días nos saltábamos el gran partido y nos convertíamos en ilusos espías de aquellos objetos de deseo con falda tableada. Nos acercábamos y el griterío era automático, ahora pienso que unos y otros simulábamos la sorpresa, pues cada uno tenía ya fijada su chica y, a la inversa, su chico. Cuántas historias posteriores no se forjaron en tales situaciones.

Más a menudo de lo que sería de desear, el profesor requería la presencia de tus padres. Tú pensabas que aguantando como hasta ese momento de manera estoica y en silencio, las expulsiones, los cachetes y otros castigos varios, salvarías la llegada de ese terrible encuentro. Y lo peor era la traición que sentías, pues ambas partes se ponían de acuerdo en tus inmensas maldades y además, acababas doblemente amenazado.

Cuando llegaban las fiestas de navidad, y, como una costumbre afectiva, regalábamos al profesor alguna botella, turrón y algo de mazapán. Para los que aún conservábamos familia en el pueblo, al obsequio le añadíamos un magnífico pollo que habíamos encargado a los abuelos.

Recuerdo de aquella época los nombres de mis profesores, don Ángel, don Pablo, don Gonzalo, don Rafael,… pues por entonces nos dirigíamos a ellos de usted y con el don delante.

En aquellos descampados del Paseo de la Dirección, en la calle del Marqués de Viana viví aventuras y cometí cien gamberradas, pero un maestro era un maestro, un anciano era un anciano y los padres eran sinónimo de respeto.

Si algún irascible defensor del menor leyera este artículo como un relato de actualidad, si algún leguleyo de posibles quisiera darse un barniz de enjundia progresista, al maestro, a los padres e incluso a la intrusa señora que interrumpía el partido de fútbol, se les iba a caer el pelo por maltratadotes y chantajistas. No conozco a nadie de mi generación que sufra traumas por haber obedecido al maestro o por someterse a la disciplina de los padres.

Tal vez suene políticamente incorrecto y hasta casposo, pero palabras como respeto, sacrificio, ética, disciplina, trabajo… han perdido valor y suenan carentes de valores. Un profesor hoy es un títere en manos de un alumno perverso, un anciano es algo así como una escoria inservible y los padres poco menos que un cheque que garantiza la gloria de la holganza. Y así nos va.

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