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Selección natural

El año pasado celebramos el bicentenario del nacimiento de Charles Dawin, el famoso científico inglés descubridor del proceso de selección natural de las especies y proponente de la teoría de la Evolución.

Según demostró, las especies evolucionan siguiendo unas reglas nada compasivas: cuando un determinado tipo de animales encuentra un territorio propicio para su desarrollo, comienza a reproducirse rápidamente, hasta conseguir que el alimento escasee, lo que provoca la hambruna para el conjunto del grupo y consecuentemente la muerte de los excedentes. Sobreviven únicamente los mejor adaptados que, al reproducirse, trasmiten a su descendencia las características genéticas que le permitieron hacerlo.

Tremendo: la regla se basa en el hambre, la muerte y la capacidad de resistencia y/o adaptación. Sólo los más fuertes o resistentes o los más inteligentes o los más omnívoros, sobreviven como individuos y consecuentemente la especie, una vez adaptada a la nueva situación. Y vuelta a empezar, dando origen incluso a nuevas especies. Así hasta el infinito.

Si analizamos la crisis del ladrillo, desde la óptica de la selección natural, veremos que en una época de bonanza, facilitada por una legislación muy propicia, los negocios dedicados a ese entorno crecieron y se multiplicaron rápidamente, hasta conseguir que el mercado se sobresaturase. Cuando las ventas escasean, aparece la muerte de los excedentes: cierres de empresas, parados, etc., sobreviviendo sólo los mejor adaptados a la nueva situación.

Lo aplicable al ladrillo, lo es de igual manera al resto de la actividad humana. La energía, por ejemplo. La humanidad encontró en las energías fósiles un elemento que le ha permitido un desarrollo impresionante en un tiempo record. Toda nuestra existencia está montada sobre un uso desaforado de la energía. No podemos vivir sin ella. Esto está provocando un deterioro total en nuestro entorno físico. Ya son visibles sus efectos. Sequías e inundaciones: falta de agua potable, de cosechas; subida de las aguas marinas, aumento de la temperatura, desertificación.

Incapaces como especie de modificar nuestra conducta, sólo los individuos que se adapten con la suficiente rapidez a las nuevas circunstancias ambientales, sobrevivirán. Ya estamos viendo cómo, por ahora, mueren en los países menos preparados, mientras en los llamados desarrollados somos incapaces de hacer modificaciones verdaderamente importantes en nuestro sistema económico que nos permitan, no ya parar, sino tan siquiera posponer el final.

Según los historiadores, la caída del imperio romano de occidente, la de Roma en el 476 en manos de los Ostrogodos marcó su final definitivo, supuso, al menos para el occidente, el acontecimiento más grandioso y terrible en la historia de la humanidad. Sus consecuencias fueron desastrosas, no sólo para las ciencias, las artes o el comercio, sino también para la propia población, que se redujo en los siglos posteriores de forma muy considerable, cayendo en un espiral de intolerancia religiosa y brutalidad supersticiosa, que no remitió hasta el Renacimiento y no desapareció hasta el siglo XVIII (excepto en España que duró hasta el XIX).

Por lo que se vislumbra, aquella ruina se va a quedar chiquita en comparación con la que aparece en el horizonte, mientras, paralíticos, miramos como se nos viene encima un nuevo drama, dentro del proceso de selección natural de nuestra especie.

Los políticos parlotean. Los Líderes actúan.

Francisco José de Pablo Tamayo

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