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Sor Ana María de Jesús portaba un objeto, al que mostraba mucha devoción, como si fuese una reliquia sagrada, un papel pequeño ajado por el tiempo, un dibujo atribuido al poeta místico, San Juan de la Cruz. En el año 1571, los superiores de Santa Teresa de Jesús, la obligaron en calidad de priora, a regresar al monasterio de la Encarnación de Ávila, pidió que la acompañara, como confesor del convento, San Juan de la Cruz. Según la tradición oral, estando el místico orando en el altar del monasterio, entró en éxtasis, apareciendo ante él la imagen de Cristo crucificado, de forma insólita. El carmelita observaba al crucificado desde arriba, ascendiendo oblicuamente en el espacio, mientras él contemplaba su perfil desde el costado izquierdo. El redentor estaba suspendido por los haces de luz que le elevaban. De esta visión realizó un dibujo que entregó a la monja, y a la muerte de ésta pasó a ser guardado en el monasterio. Dalí conoció el dibujo gracias al carmelita francés, Bruno de Jesús-Marie, que se lo envió, al pensar que podría tener algún significado para el artista. Éste se sintió profundamente afectado por el dibujo del místico, que le motivó a sentir su propia visión de Cristo, suspendido en el aire sobre la bahía de Port Lligat, en el municipio de Cadaqués. Toda esta experiencia la explica en un número especial de la revista Scottish Art Review de 1952, a la vez que sale en defensa de algunas de las críticas que se realizaron a su obra: “La posición de Cristo ha provocado una de las primeras objeciones respecto a esta pintura. Desde el punto de vista religioso, esa objeción no está fundada, pues mi cuadro fue inspirado por los dibujos en los que el mismo San Juan de la Cruz representó la Crucifixión. En mi opinión, ese cuadro debió ser ejecutado como consecuencia de un estado de éxtasis. La primera vez que vi ese dibujo me impresionó de tal manera que más tarde, en California, vi en sueños al Cristo en la misma posición pero en paisaje de Port Lligat y oí voces que me de decían: ¡Dalí tienes que pintar ese Cristo! Y comencé a pintarlo al día siguiente. Hasta el momento en que comencé con la composición, tenía la intención de incluir todos los atributos de la crucifixión –clavos, corona de espinas, etc.- y de transformar la sangre en claveles rojos sujetos en las manos y los pies, con tres flores de jazmín sobresaliendo de la herida del costado. Las flores hubieran sido realizadas a la manera ascética de Zurbarán. Pero justo antes de finalizar mi cuadro, un segundo sueño modificó todo esto, tal vez a causa de un proverbio español que dice: A mal Cristo, demasiada sangre. En ese segundo sueño, vi el cuadro sin los atributos anecdóticos: sólo la belleza metafísica del Cristo-Dios. También había tenido al principio la intención de tomar como modelos para el fondo a los pescadores de Port Lligat, pero en ese sueño, en lugar de ellos, aparecía en un bote un campesino francés pintado por Le Nain, del cual sólo el rostro había modificado a semejanza de un pescador de Port Lligat. Sin embargo, visto de espadas, el pescador tenía una silueta velazqueña. Mi ambición estética en ese cuadro era la contraria a la de todos los Cristos pintados por la mayoría de los pintores modernos, que lo interpretaron en el sentido expresionista y contorsionista, provocando la emoción por medio de la fealdad. Mi principal preocupación era pintar a un Cristo bello como el mismo Dios que él encarna.” El Cristo de San Juan de la Cruz, es una representación atípica del crucificado, iconográficamente no aparecen los símbolos de la Pasión de Cristo como la corona de espinas y los clavos de sus extremidades y de su cuerpo no mana sangre, por tanto no es una crucifixión donde se acentúa el sufrimiento y la desesperación del salvador. La cruz vista desde arriba parece suspendida en el espacio, levitando sobre el paisaje. El rostro de Jesús, no aparece visible, está inclinado mirando hacia la tierra, extendiendo sus brazos como si tuviese alas. En un viaje que realizó el experto en arte escocés, Tom Honeyman a Londres, decidió visitar la exposición de Dalí en la Lefreve Gallery, entre las obras del artista, había un óleo que llamaba la atención del público; El Cristo de San Juan de la Cruz, que le causó una gran impresión. Cuando regresó a Glasgow, se dirigió a la asociación de museos y galerías de esta ciudad para ver si alguna galería pública pudiera comprar el boceto de la pintura al precio de 250 libras. El tesorero de la ciudad entusiasmado pensó que también se podía comprar el lienzo. Se decidió que la pintura viajase a Glasgow al objeto de que una comisión de expertos la examinase y valorase, y, para saber la reacción del ciudadano, se decidió exponerla durante un solo día a todos los residentes de la ciudad y que pudieran expresar su opinión. Muchas de ellas positivas. Aparte con la recaudación por las visitas, se generaron tantos beneficios que fue suficiente para comprar la obra sin necesidad de emplear fondos públicos. Además Dalí, al que le agradaba la idea de que una obra suya estuviese en un museo público, rebajó el precio del cuadro a 8.200 libras. La prensa especializada se mostró contraria a la compra, los ciudadanos respondieron mandando cartas a los periódicos. Doscientos estudiantes de la Glasgow School of Art, firmaron una petición al Consistorio de Glasgow alegando que la compra era un verdadero despilfarro económico, y que hubiera sido mejor emplear esos fondos para apoyar a los estudiantes de arte de la ciudad. Los miembros de la Royal Academy, asociación integrada por los más destacados pintores británicos, despreciaron la adquisición. Que Dalí abordó un tema tan sensible para los cristianos, de forma poco delicada, que no era uno de sus clásicos cuadros surrealistas. En 1961 y en 1982, el cuadro fue agredido físicamente por visitantes al museo. Hoy en día es uno de los cuadros preferidos de los escoceses. BIBLIOGRAFÍA – Dawn Ades: Dalí
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